Plutocracia representativa: “La culpa no la tiene el chancho, sino el que le da el afrecho”

La culpa la tienen los griegos, en eso tiene razón la Merkel. En lo que no tiene razón es en echarles la culpa por las platas, porque ahí los griegos solo son víctimas de negocios propios de los bárbaros. La culpa de los griegos se refiere a las palabras, esa manía de andar inventando palabras y después buscarles significado para complicarle la vida a la gente sencilla. Usted debe saber, yo lo aprendí con Google, que la palabra democracia es un invento griego que significa que gobierna el pueblo. Muy simple: demos = pueblo, cracia = gobierno. Pero no se contentaron con esa palabra para la organización política, sino que inventaron otras que terminaban en cracia o en arquía, mientras que los romanos, mucho más prácticos, inventaron la dictadura. Ahora, en estos agitados tiempos, nadie va más allá de la distinción entre democracia y dictadura, aunque no faltan los ingeniosos que hablan de dictablanda y demodura.

Plutocracia representativa

Todo esto no es a cuento de escopeta, sino que es el honesto esfuerzo que realizo para tratar de entender lo que nutre en estos tiempos el negocio de los medios de comunicación, la agitación de las redes y los comentarios que van más allá del estado del tiempo y de la salud. Me he demorado bastante tratando de entender este enredo entre la política y el dinero, pero creo que esto está relacionado con la democracia, el gobierno del pueblo.

Porque, por más que se empeñen los idealistas, las palabras no necesariamente crean realidades. La democracia no ha existido nunca y es difícil pensar que pueda llegar a existir. Los griegos de antes del euro, unos dos mil quinientos años antes, hicieron el esfuerzo, pero, aunque eran poquitos, no llegaron mucho más lejos que dejarnos algunas mitologías. Después, con millones y millones de animales con pretensiones de reconocimiento como humanos, la cosa se hizo más difícil. Ni siquiera en Chile, con el tremendo espíritu cívico que nos caracteriza, hemos sido capaces de ensayar una discusión decente entre los millones de ciudadanos (el INE ni siquiera ha podido calcular cuántos) por falta de un recinto adecuado y de paciencia para llegar a decisiones.

¿Entonces qué? Entonces se inventó la democracia representativa y ahí nos fuimos de evolución en evolución hasta que llegamos al siglo XXI a pesar de todos los vaticinios de que el mundo se iba a ir al carajo mucho antes. Superamos el voto censitario, el voto patriarcal, el voto ideológico, el voto por partido y hasta el voto por programa, para llegar al voto por campaña publicitaria… y las campañas cuestan plata. Los expertos, con la estupidez que los caracteriza, son los encargados de hacer los cálculos sobre cuanta plata cuesta ser elegidos en cada cargo y se equivocan, porque siempre es más caro.

Según entiendo, la plata está en los que tienen plata. De manera que resulta natural y obvio que los que tienen plata se la pasen a los que la necesitan, en este caso, los políticos. Eso no tiene nada de raro. Es más, la manifestación de la voluntad soberana, que es la ley, no solo permite eso sino que, más encima, lo premia. Si el señor que tiene plata se la pasa al político que la necesita, puede deducir de impuestos la mitad de esa plata. Esto corresponde a los últimos avances en justicia tributaria, que establecen que el señor que tiene plata puede decidir a quién le entrega los impuestos que debería pagar. No es casual que la Universidad de Los Andes y la Pontificia reciban como donaciones una buena cantidad de plata que debería haber ido a pago de impuestos.

Pero volvamos a la democracia representativa. La gritería de los resentidos no se debe a ese hecho natural y obvio de que los que tienen plata (empresarios) se la pasen a los que la necesitan (políticos), sino al financiamiento “irregular” de campañas. Es decir, la generosidad de los empresarios con su plata y con la del fisco va más allá de los límites que establece la ley y buscan ingeniosos artificios para poder dar más. La forma más simple es a través de las llamadas boletas “ideológicamente falsas” (sic), entregando plata por trabajos que no se han hecho, pero que se asume que fueron necesarias para obtener la ganancia que tuvo la empresa. Esto permite que esa generosidad se compense en cierta medida, porque se puede deducir impuestos por el gasto que se ha hecho. ¿Pero quién dice que esos gastos en políticos no fueron necesarios para obtener las ganancias que tuvo la empresa?

Otra palabra que inventaron los griegos fue plutocracia. Antes de consultar a Google, yo creí que se trataba del gobierno de Pluto. Y como considero que Pluto es un perro muy simpático, siempre pensé que sería una forma simpática de Gobierno. Pero Pluto no vino y todo se complicó por causa de unos pesos más y unos políticos menos, el Servicio de Impuestos Internos, los Tribunales de Justicia y los periodistas, naturalmente los periodistas.

Con la última neurona que aún respira, pero que ya prepara sus maletas, creo que estoy cada día más idiota: no entiendo nada. Veo y escucho con paciencia la amplia gama de tonalidades con que los que tienen voz e imagen se dedican a proclamar noticias y opiniones sobre relaciones entre política y negocios. Hay tonos de santa indignación, de astutas reflexiones, hay informaciones confidenciales en voz baja, protestas a grito destemplado, tonos comprensivos, susurrados anuncios de nuevos escándalos, análisis descarnados, tartamudeos de moral, buenas costumbres y orden público, tirita la pera, los ojos al cielo, los brazos abiertos. Los hay escépticos que cantan “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé” y también nostálgicos tangueando “Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos”.

Como corresponde, no entiendo nada. ¿Por qué hay tanta gente enojada porque los que tienen plata se la pasen a los que la necesitan? ¿Qué tiene de malo pedir para cubrir necesidades? ¿Que no les gusta la democracia, el pragmatismo y los pies en la tierra?

Google me ayuda: Plutocracia no es el gobierno de Pluto, sino que es el gobierno de los ricos. Los mal pensados, que son todos, dirán que es la forma normal de régimen político, pero esos mismos malpensados serán los escandalizados cuando se muestran detalles del funcionamiento de una de las vías para impedir los errores de la política. No entiendo. A mí me parece que es mucho mejor una plutocracia representativa que una plutocracia directa. La plutocracia directa es muy bruta, no tiene ninguna delicadeza en el trato a los no plutos, eso ya lo hemos visto. En cambio esta, la plutocracia representativa, es más delicada e incluso solidaria, logrando incorporar a algunos emprendedores políticos al selecto álbum de las páginas de vida social de El Mercurio.

La culpa la tienen los griegos, sin duda, pero también hay que reconocerle méritos a la lira popular: “La culpa no la tiene el chancho, sino el que le da el afrecho”. Al fin y al cabo, algunos chanchos van a tener que salir de la foto, para que los que dan el afrecho puedan continuar con su trabajo.

Link: http://goo.gl/TaWHah

2 comentarios en “Plutocracia representativa: “La culpa no la tiene el chancho, sino el que le da el afrecho”

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