Cien años después: de nuevo la crisis moral de nuestra oligarquía

Mac-Iver decía que sin duda había más bienes materiales y más riqueza, pero se preguntaba “¿progresamos?”. Luego de enumerar los múltiples factores que podrían explicar la crisis, llegaba al más profundo: “Nuestra falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública”. Después focalizaba el problema: “Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de sus deberes i de sus obligaciones por los poderes públicos… en el ejercicio de los cargos i empleos teniendo en vista el bien general i no intereses i fines de otro jénero” (sic).

Bachelet CEP

En su paso por Chile, Augusto de la Torre, economista jefe nada menos que del Banco Mundial, se reunió con un panel de economistas –la mayoría neoliberales, sensibilidad predominante en esta profesión– y en dicho diálogo les señaló que Chile ya habría pasado por lo peor y que el país “se ubicaría en la llamada línea verde, categoría que indica que el país tiene una política fiscal adecuada y que ya se realizaron los ajustes externos necesarios” (Pulso).

Destacó el rápido actuar en la creación de políticas para estimular la demanda interna y los ajustes externos e internos y , junto con anunciar la buena nueva, pues el 60% del costo de la reforma tributaria lo pagarían aquellos que ganan más, les hizo ver, fraternalmente, su falta de sensibilidad para leer y comprender con profundidad el hondo malestar que la mayoría de los chilenos viene manifestando desde hace rato y que se contrapone con su fácil y evidente tendencia a leer las variables económicas exclusivamente desde la óptica del poder y desde la lógica europeísta que predomina en ellas. Es decir desde el CEP, Casa Piedra y los think tanks que financian los mismos grupos empresariales, por tanto, replican lo que ellos piensan, o miran el tiempo solo en sentido lineal y ascendente.

A su vez, en una semana clave, pues sabremos si nuestra oligarquía política es capaz de entregar o no señales que comiencen a mejorar la calidad de nuestra derruida política, la senadora Von Baer –en vísperas de la votación para elegir al nuevo Fiscal Nacional–, en una explicación que extrema el empleo del lenguaje y que ratifica que su uso no es neutral, dice que votará porque “yo me debo a mis electores que me eligieron como senadora y voy a cumplir con mi deber de representar a los ciudadanos de la Región de los Ríos”.

Algo similar indica otro involucrado en las platas políticas: el senador del Rugby. Mientras la Presidenta acude al CEP para entregar señales de orden a los mismos que son los responsables mayores del hundimiento ético que vive Chile y que –valga la ironía– ratifican las mismas encuestas que ellos financian. Entonces, no son pocos los que empiezan a hablar cada vez con mayor frecuencia de la crisis moral de nuestra oligarquía.

Después de la resaca del Bicentenario: la incertidumbre y el vacío
Hace muy poco asistimos a un foro-debate en la comuna de Peumo. Las palabras que más repitieron los panelistas para adjetivar la época fueron crisis e incertidumbre, lo que resulta curioso cuando apenas hace cinco años nuestra oligarquía conmemoraba el Bicentenario y, luego de transcurridos cien años más de nuestra Independencia, volvía a regocijarse de sí misma y sacar cuentas alegres sobre lo obrado.

Ya en su discurso al Congreso, con motivo del festejo, el Presidente del Bicentenario, Sebastián Piñera –quien encarna en sí mismo y mejor que nadie la simbiosis de esa plutocracia: especulador millonario y político–, prometía que la década que se iniciaba en 2010 “será recordada como una de las más decisivas en la historia de Chile. Porque antes que esta década concluya, Chile habrá alcanzado el desarrollo y superado la pobreza. Un desarrollo integral, que traerá oportunidades de progreso material y espiritual para todos sus hijos, como nuestra patria no ha conocido jamás”.

Luego, el Mandatario se felicitaba por el rol de los segmentos dirigentes en nuestra historia y ese “espíritu de unidad es algo que quisiera invocar una vez más, hoy día, a las puertas de nuestro Bicentenario. Unidad entre Gobierno y oposición, entre el sector público y el sector privado, entre trabajadores y empresarios, entre el Estado y la sociedad civil”, para posteriormente reafirmar la visión egocéntrica de esa oligarquía sobre su historia reciente: “Hicimos una transición de un gobierno autoritario a un gobierno democrático que fue ejemplar, y que es así reconocida en muchas partes del mundo, pero esa transición ya es parte de la historia, es la transición antigua. Y nosotros tenemos un compromiso con la transición nueva, la transición joven, la transición del futuro, que es transformar a nuestro país, tal vez, en el primer país de América Latina que antes que termine esta década pueda decir con humildad, pero también con orgullo, hemos derrotado la pobreza, hemos derrotado el subdesarrollo”.

Nuestra canalla dorada no terminaba de recuperarse de la resaca de las celebraciones cuando el movimiento estudiantil de 2011 echó por tierra el relato construido por ella misma desde 1975 y que se profundizó desde 1990: el Chile monoexportador con una transición exitosa que derrotó a la pobreza.

Por el contrario, la ola de protestas masivas que no solo involucró a estudiantes sino que también a sus familias y cercanos, lanzó al estrellato a dirigentes estudiantiles que, pronto, comenzaron a hablar de gratuidad en educación, del fortalecimiento de la educación pública, de una asamblea constituyente y del reemplazo de un modelo económico que solo hizo crecer la desigualdad.

El Presidente Piñera, en la máxima tensión del debate y arrinconado por el movimiento social, llegó a señalar que “la educación es un bien de consumo”. Entonces, cayeron tres de sus ministros –uno del CEP, otro del Opus y un tercero de su entorno de confianza– y recién los empresarios, primero en Enade 2011 y luego en ICARE 2012, convocaron, para entender lo que estaba pasando, a uno de los jefes intelectuales de la revuelta: el sociólogo Alberto Mayol. Se comenzó a hablar entonces Del derrumbe del modelo.

El asunto alcanzó hasta para que la vieja Concertación se hiciera un lifting de urgencia en 2013 y se presentara con nuevo rostro a la elección: nacía la Nueva Mayoría para hacer los cambios de fondo. Y aquí estamos, a la deriva, y sin saber a ciencia cierta en qué terminará la crisis o incertidumbre descrita por analistas y que, por ahora, pareciera tener más rostro de restauración conservadora, tal cual como sucedió hace ya cien años.

El Centenario después de la borrachera: la crisis moral de la república
Como correspondía, nuestra vieja oligarquía cuando cumplía un siglo en el poder –dueña de la tierra, en alianza sobre todo con los ingleses que controlaban el comercio de importación-exportación, así como la explotación minera y la incipiente banca, con voto censitario y con una democracia plutocrática–, se aprestaba a conmemorar un siglo manejando los asuntos de Chile como si se tratara de su latifundio.

Para tamaña fiesta, y como se acostumbra, desde inicios de 1910 se invitó a delegaciones de países amigos para tamaña celebración. Se inauguraban obras públicas principalmente en la capital, como el Palacio de Bellas Artes y la Estación Mapocho, monumentos conmemorativos, así como obras de alumbrado público y alcantarillado. Se organizaron, además, concursos literarios y artísticos, exposiciones de arte, industria y agricultura, con el objeto de ensalzar el patrimonio nacional.

Era claramente su fiesta: la de su plutocracia dirigente y así quedó graficado en sus testimonios, como El año del centenario (Memorias íntimas) o en Hechos y notas, donde se evaluaron los festejos del modo siguiente: “Acaban de terminar las fiestas del primer centenario de la Independencia de Chile, celebradas con un esplendor y un brillo que han sobrepasado, sin duda, nuestras más halagadoras esperanzas. Santiago presentaba el aspecto de las ciudades encantadas de los cuentos orientales, con sus iluminaciones feéricas, sus guirnaldas de luces, de colores que aparecían como prendidas en las gasas de la noche, con destellos brillantes… Una multitud inmensa recorría las calles y las avenidas iluminadas de manera sorprendente” (Hechos y notas).

Por supuesto, el Centenario era entero de la oligarquía: eran sus festividades, sus instituciones, sus avenidas, su ciudad (Santiago). Como diría Foucault, tal como hoy, tenía todo un aparato jurídico institucional funcionando para que así fuera: periódicos, abogados, economistas, instituciones y políticos que le avivaban la cueca sobre su trascendencia y el buen funcionamiento del país.

Empero, por detrás de esa escenografía se escondía otra verdad que la oligarquía y sus agoreros ocultaban y que se expresó en que hicieron caso omiso al preámbulo del derrumbe que ya había anunciado Enrique Mac-Iver cuando sentenció La crisis moral de la República y dijo: “Voi a hablaros sobre algunos de los aspectos de la crisis moral por la que atravesamos… me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas rejiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan… El presente no es satisfactorio i el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad” (sic). Mac-Iver decía que sin duda había más bienes materiales y más riqueza, pero se preguntaba “¿progresamos?”.

Luego de enumerar los múltiples factores que podrían explicar la crisis, llegaba al más profundo: “Nuestra falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública”. Después focalizaba el problema: “Hablo de la moralidad que consiste en el cumplimiento de sus deberes i de sus obligaciones por los poderes públicos… en el ejercicio de los cargos i empleos teniendo en vista el bien general i no intereses i fines de otro jénero” (sic). La aparición posterior de Sinceridad. Chile íntimo en 1910, del Dr. J. Valdés Canje, cerraba el círculo sobre el crudo diagnóstico anterior, al sentenciar que en Chile solo hay dos clases sociales, “explotadores y explotados”, haciendo con ello una crítica radical a la oligarquía económica nacional.

Luego Tancredo Pinochet, en su Autobiografía de un tonto, destrozó nuestra sociabilidad basada en el arribismo, la pitutocracia, el amiguismo y la flojera permanente y en Un año de empleado público se despachó esta frase: “Nosotros queremos formar hombres que no sólo sean industriales, que no sólo sean ganadores de dinero, sino que sean también ciudadanos de una democracia celosa de sus progreso, porque ese es el gran déficit de Chile”.

Francisco Antonio Encina, en su clásico Nuestra Inferioridad económica, cuestionó nuestro modelo monoexportador basado en la depredación de los recursos naturales que no agrega valor a la producción, y nuestro sistema educativo que solo forma abogados, médicos y curas y no hombres industriosos. Alejandro Venegas, en sus cartas “al excelentísimo señor don Pedro Montt”, denunció que la inconvertibilidad de la moneda era la principal lacra del país. Luis Emilio Recabarren, en Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana, se preguntaba: “¿Dónde está mi patria y dónde mi libertad? ¿La habré tenido allá en mi infancia cuando en vez de ir a la escuela hube de entrar al taller a vender al capitalista insaciable mis escasas fuerzas de niño?”.

En fin, se derrumbó el lado rosa del centenario y quedó, para siempre, su leyenda negra: la de un país desigual en que una pequeña oligarquía vive como si estuviera en París, pero cuyo bienestar de primer mundo lo paga el grueso de su población viviendo en míseras condiciones. La respuesta a esa crisis oligárquica vino de la mesocracia y fue profunda: nacerán los primeros partidos de raigambre obrera y popular que con el Frente Popular de Aguirre Cerda accederán al poder; se modernizará y ampliará la educación pública, y se dotará al país de la infraestructura necesaria para alcanzar la industrialización.

Con sus altos y bajos –un orden constitucional impuesto por una minoría y nuevamente oligárquica– aquella será una época en que el país avanzará mucho en equidad y en redistribución, al punto que el PIB del periodo 1940-1973 será mucho mayor que el de la época del milagro económico de la dictadura y en que la participación del trabajo en el PIB tendrá hacia 1970 su punto más alto (40%), a diferencia de hoy, donde es marginal y ronda apenas el 10-12%.

Cuando aún Sebastián Piñera no concluía los festejos de otro Centenario, estalló el movimiento estudiantil que, en la práctica, puso fin a su gobierno y a la posibilidad de prolongar la coalición oficialista. Fue allí cuando surgieron los críticos del Bicentenario que le arruinaron nuevamente los festejos a nuestra oligarquía. Aparecieron, entonces, obras como El derrumbe del modelo; Radiografía critica del Modelo chileno y el ya clásico La economía chilena se balancea sobre la tela de una araña, de José Gabriel Palma. Germinaron Cenda y la Fundación Sol, asomó Ciudadano Inteligente. En ese contexto aparecieron Boric, Jackson y Vallejo, y se profundizó el cuestionamiento al desarrollo de Chile de los últimos cuarenta años.

Como hace cien años, hemos vuelto a cuestionar nuestra institucionalidad, el modelo productivo con que Chile se insertó en la economía mundial, en definitiva nuevamente se ha puesto en entredicho el papel de nuestra oligarquía forjadora de ese orden, el modelo educativo que nos heredó y su rol en la falta de un empresario emprendedor e innovador en nuestra historia, en franca contraposición con el modelo Matte y/o Piñera, depredador y especulador predominante y que es el responsable principal de esta crisis.

Su descrédito ante la ciudadanía –alcanzan apenas un 12% de confianza, solo superados en desprestigio por el Congreso y los partidos políticos– es el pago por hacer las cosas como las han hecho hasta hoy. Gente que amasó su fortuna, como bien nos lo ha recordado Javier Rebolledo, no solo con subsidios fiscales y apropiación de recursos naturales indebidos sino que, también, colaborando oscuramente con la dictadura y que ahora masificó, mediante el financiamiento ilegal, la corrupción política.

Los conocidos correos entre los cardenales Ezzati y Errázuriz son la punta del iceberg que hizo más evidente el derrumbe moral de la Iglesia; ni hablar de nuestra oligarquía política sumergida en el barro a través de Penta, SQM, Caval y el financiamiento irregular y que aún, sumida en su peor crisis, continúa haciendo lo que se la da la gana como símbolo de su insensibilidad social: pide créditos a Luksic en un Gobierno que lleva como blasón la igualdad, abusa de su parentesco presidencial, chantajea a los ministros, o que tiene secuestrado el aparato público o donde varios de los miembros del Senado insisten en que participarán de la votación del Fiscal Nacional, pese a que están siendo investigados por esta institución o donde algunos, en medio del terremoto, abandonan a sus electores para irse a ver un mundial de rugby o que aprueban la hipoteca inversa, los dobles viáticos, etc., etc.

Nuestra cultura milenarista y la historia cíclica
Decía Natham Watchel, autor del clásico Los Vencidos, que los occidentales introdujeron con la conquista la idea del tiempo lineal en la historia de América, según la cual las civilizaciones avanzaban ininterrumpidamente hacia adelante pasando por diferentes estadios de desarrollo (Hegel), visión que justificaba, además, la primacía europea sobre los pueblos precolombinos y que se traspasó, luego, a la visión de nuestras oligarquías sobre el desarrollo nacional.

Enfoque, por lo demás, absolutamente distinto a la tradición de los pueblos aborígenes que, en general, tenían otra percepción del tiempo. Julio Cortázar en La noche boca arriba, nos describe bien esa apreciación: la de un tiempo cíclico y de un eterno retorno. De una cultura milenarista que cree que todo vuelve a repetirse después de un ciclo –de ahí nuestro especial interés en los fines de ciclo: 2012, cien años, mil años, etc.– y que explica nuestra manía, en especial en una república joven como la nuestra, por la conmemoración de los centenarios y de otras fechas que cierran ciclos –los 30 o 40 años del golpe por ejemplo–.

Pues bien, pese al empeño de nuestra oligarquía y de todos sus mercachifles –donde sobresalen políticos, economistas y medios– por insistir en extender su propia autobiografía a la de nuestra historia nacional –enfatizando su papel en ella– y bajo una concepción europeísta y hegeliana, lo cierto es que, para el resto de la nación –la que se mueve por debajo de esa punta de iceberg– nuestra historia pareciera seguir transcurriendo bajo una lógica milenarista: sin sentido de nación, sumergida tanto ayer como hoy en su propio pantano ético y sin un proyecto integrador para llevar a Chile al desarrollo.

Esperamos, sinceramente, que esta época y esta vez la crisis y la incertidumbre y tensión provoquen el efecto inverso de hace un siglo. De lo contrario, seguiremos pasando de una crisis moral a otra.

Link: http://goo.gl/AKu88i

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