La falsa dicotomía sobre la modernización capitalista de Carlos Peña

El resultado de la primera vuelta presidencial resquebrajó una hipótesis que para muchos ya estaba consolidada: que los chilenos están contentos con la modernización, y no quieren más Estado sino mejor mercado. La idea fue defendida con fuerza por Carlos Peña, rector de la UDP y vicepresidente del directorio de CIPER, en sus columnas en El Mercurio. El sociólogo Tomás Undurraga revisa los sesgos y debilidades de esa idea y enfatiza que nunca se trató de una elección binaria; “que los chilenos quieren reformas no significa que no quieren modernización”.

Piñera y Guillier

Carlos Peña es el columnista más influyente de la plaza. Su columna del domingo en El Mercurioes leída con especial atención por las elites políticas y económicas. Su aguda pluma y su densidad intelectual para analizar controversias son su sello distintivo. En muchos debates, Peña ilumina la esfera pública. En otros, como el de la modernización capitalista, lamentablemente la confunde.

Entre sus postulados más reiterados está la advertencia que hizo Max Weber sobre la neutralidad valorativa. Para lograr un análisis certero, decía Weber, los intelectuales deben mantener distancia de sus juicios normativos, diferenciando entre cómo es la realidad (juicios de hecho) y cómo a ellos les gustaría que fuera (juicios de valor). Las posiciones normativas de los intelectuales sobre el mundo no debieran influir en sus análisis. Es más, las ciencias sociales, según Weber, tienen herramientas que se limitan a describir como funciona el mundo, y nunca podrían llegar a determinar los fines de la sociedad, por ejemplo, una sociedad más justa o con más derechos. Ese sería el rol de la política.

El principal diagnóstico de Peña es que los chilenos están satisfechos con la modernización capitalista impuesta en dictadura y legitimada durante los gobiernos de la Concertación y Piñera. La transformación económica que vivió Chile en los últimos 30 años -triplicar el producto interno bruto, reducir significativamente la pobreza, democratizar el acceso a la educación superior- habría transformado la estructura social y la esfera cultural. Nuevas capas de clases medias habrían ascendido a través de la ampliación del consumo. Estas masas serían altamente individualizadas, y valorarían supremamente las mejoras en sus condiciones materiales. En consecuencia, a los chilenos no les interesaría reformar el modelo económico, político o social. Sus prioridades no serían derechos universales en salud y educación ni transformar el sistema de pensiones, y menos una nueva constitución. Todo aquello, en sus palabras, serían reminiscencias de una comunidad perdida e imposible de recuperar, algo que sería propia de conservadores y no de progresistas.

De acuerdo a Peña, esta elección sería un balotaje respecto del modelo chileno. Por un lado, estarían aquellos que abrazan los avances del modelo de mercado; por otro, aquellos que rechazan la modernización capitalista. Desde su lectura, el error del gobierno de Bachelet -y de su agenda de protección social- habría sido interpretar las movilizaciones sociales de 2011 como voluntad de cambio del modelo, desconociendo los logros de la modernización. La intención de voto mayoritario que según las encuestas tenía Piñera en primera vuelta era, para Peña, otra evidencia de que los chilenos estarían satisfechas con el modelo, y querrían más soluciones de mercado a los problemas públicos.

El problema de Peña es que su diagnóstico es obsoleto y errado. Es obsoleto, porque esa tesis de la modernización hacía sentido en los años ‘90, cuando la escasez era la experiencia común de los chilenos y el mall una novedad. Hoy ya no lo son. El consumo material fue aspiración hace 20 años. Hoy es un elemento dado, el “desde” en el lenguaje del retail. Además, el análisis sociológico del consumo que moviliza esa teoría de la modernización, es relativamente pobre en cuanto lo reduce a un epifenómeno de cambios materiales y de status, sin problematizar el consumo y la vida social del dinero desde un repertorio más amplio de significados y prácticas sociales (Ariztía, 2014Wilkis, 2013).

Las demandas políticas en Chile se sofisticaron y se diversificaron, son materiales y post-materiales, se relacionan con seguridad laboral, derechos, medio ambiente y trato. Que los chilenos quieren reformas no significa que no quieren modernización. No se trata de una elección binaria ni mutuamente excluyente. Los chilenos quieren más y mejor modernización. Lo dice el último informe del PNUD en múltiples formas. Los chilenos valoran las mejoras materiales y el esfuerzo individual para progresar. Pero también aspiran a relaciones horizontales, a derechos universales en educación y salud, a seguridad en el trabajo. ¡Eso es modernización! La modernización no es, ni ha sido nunca históricamente una elección entre consumo versus derechos. Es, de acuerdo a la misma tradición liberal que Peña dice representar, consumo y derechos.

El diagnóstico de Peña es además errado al suponer que existe una sola modernización capitalista, recordando la añeja tesis del “fin de la historia” (Fukuyama, 1992) y el “there is no alternative” de Margaret Thatcher.El capitalismo no es uno sólo. Existen variedades de capitalismos y de ajustes político institucionales (Hall & Soskice, 2001Schneider, 2013Rosanvallon, 2006). Los capitalismos toman distintas formas en países y periodos de acuerdo a los arreglos y jerarquías entre empresas, trabajadores y el Estado.

Cuando Carlos Peña simplifica la contienda electoral en un balotaje sobre la modernización capitalista, no sólo plantea una falsa dicotomía entre modernización versus retroceso, el modelo o el caos, sino además traiciona el principio de neutralidad valorativa. En su afán por defender la modernización capitalista como camino único, Peña lee arbitrariamente los datos, olvidando la mentada imparcialidad. Como muestra, dos ejemplos: su lectura sobre el informe Desiguales del PNUD y sobre la última encuesta CEP.

Cuando el equipo del PNUD fue a presentar los resultados de Desiguales a la UDP, Peña comentó el informe. Su reflexión fue provocadora, pero parcial. Frente a la rica problematización del PNUD sobre las semánticas, percepciones y paradojas de las desigualdades, Peña sólo tomó un gráfico que acogía su posición: medido cuantitativamente según ingresos -el índice de Gini- la desigualdad en Chile bajó en los últimos años. Ergo, según Peña, la desigualdad no es tema para los chilenos. No le pareció importante la paradoja de que si bien el índice de Gini ha bajado, la mayoría de los chilenos se sienten vulnerables por la precariedad de sus trabajos. No era tema cómo la desigualdad de trato es una expresión de la desigualdad económica. No era tema la creciente intolerancia de los chilenos frente a la concentración de riqueza. Peña cerró la discusión y reiteró que el estudio confirma que en Chile la desigualdad bajó. Punto. De ahí concluye que los chilenos son individualistas, no tienen sueños colectivos, y están felices de participar de la modernización a través del consumo. En consecuencia, la agenda de derechos universales y cambios a la Constitución instalada por el Frente Amplio, sería una fantasía auto-flagelante que no reconoce los logros del modelo.

Desde la lógica de Peña, tras esa disputa sobre el diagnóstico está el tipo de políticas públicas que prefieren los chilenos: aquellas que fortalecen el esfuerzo individual versus aquellas que favorecen derechos desde el Estado. Peña argumenta que los datos de diferentes estudios y encuestas (CEP, PNUD, y otros) sobre la percepción de progreso, son consistentes: el 93% de los entrevistados está de acuerdo con la afirmación “la mejor forma de progresar en la vida es esforzarse por emprender, capacitarse y trabajar duro” (PNUD 2017: 33). El problema es que esa afirmación no excluye ni es incompatible con el anhelo de los chilenos por derechos sociales y seguridad social. El mismo estudio confirma que el 89% de los entrevistados está de acuerdo con que “para progresar en la vida se requiere que el Estado garantice buena educación y salud” (PNUD 2017: 240), pregunta que las encuesta CEP no hace. Carlos Peña nos quiere hacer creer que estas alternativas son excluyentes y contradictorias. Para los chilenos, al menos, no lo son. Ambas narrativas coexisten. El progreso depende de su esfuerzo individual y trabajo, y a la vez, quieren mayor apoyo del Estado en salud, educación y pensiones.

Cuando aparecieron los resultados de la última encuesta CEP, Peña utilizó su tribuna en El Mercurio(20/10/2017) para denostar el anhelo de cambio que representa la candidatura presidencial de Beatriz Sánchez. ¿Cómo explicar la caída al 8% que la CEP le daba a Beatriz Sánchez? Según Carlos Peña, el discurso paternalista del Frente Amplio habría irritado a los grupos medios. “El discurso de Sánchez y del Frente Amplio refleja una mala comprensión de la sociedad chilena… [que] representan a las mayorías como grupos heridos por la desigualdad, anhelantes de protección y de cuidado. Esa imagen … no se condice del todo con la conciencia de los nuevos grupos medios que han experimentado una fuerte mejora en sus condiciones materiales, una mejora que ellos viven como fruto de su autonomía y su esfuerzo personal”.

Lejos de un análisis neutral, Carlos Peña toma los pronósticos de la CEP como municiones ideológicas para confirmar su tesis sociológica, y ayudar a instalar el sentido común del triunfo inevitable de Piñera. En vez de preguntarse por el contexto en que se realizó la encuesta y la caída natural que tendría Sánchez tras unas primarias sin candidato de la Nueva Mayoría, Peña defiende su posición normativa sobre la modernización capitalista. Lamentablemente para la esfera pública, en esta discusión Peña tomó partido, y perdió la distancia analítica que hasta ahora se le reconocía.

¿Cómo explicar el persistente error de Peña sobre la modernización capitalista chilena?

Hipótesis 1: Carlos Peña se enamoró de un proyecto, y proyecta su experiencia personal al resto de Chile. Como dice Bruno Latour, los proyectos pueden enceguecernos, y llevar a que los defendemos apasionadamente sin darnos cuenta de sus puntos ciegos o consecuencias indeseadas. Por ejemplo, eso le sucedió a los ingenieros que diseñaron el Transantiago (Ureta, 2017). Se enamoraron del proyecto y sus supuestos, en vez de preguntarles a los usuarios del transporte público por su experiencia. Peña tal vez se encandiló con la experiencia del mall y la ampliación del consumo, y quiere hacer de esta experiencia -el auge del consumo en la clase media- una lectura generalizada de todo Chile. Es una lectura que toma una parte -la experiencia de los ’90- como el todo.

Hipótesis 2: Tras su defensa de la modernización capitalista, Carlos Peña defiende intereses. En particular, evitar nuevas reformas en educación y la injerencia de una izquierda fortalecida en las futuras reglas de las universidades. Peña fue uno de los principales críticos de la reforma educacional, especialmente de la ‘desprolijidad’ con que el gobierno de Bachelet implementó la gratuidad. Si bien Peña ha dicho que la gratuidad y el derecho a la educación son importantes -y la UDP se sumó a la gratuidad- el rector de la UDP probablemente preferiría discutir las próximas reformas con tecnócratas y expertos antes que con colectivos de centro-izquierda. De ahí que su cruzada intelectual es refutar el diagnóstico que justificó las reformas de Bachelet y la agenda de cambios estructurales propuesta por el Frente Amplio. La defensa de la modernización capitalista es su batalla cultural.

Hipótesis 3: Carlos Peña tiene un problema con el lente analítico. Quiere hacer sociología con herramientas de filosofía política. Intenta probar tesis sociológicas sobre la modernización a partir de encuestas políticas y principios de filosofía. El principal déficit del análisis de Peña es que estructura el relato en torno a un solo principio organizador. Ese tipo de análisis esencialista no se hace cargo de que el capitalismo y la modernización hace décadas que son pensados en versiones múltiples, yuxtapuestas y mixtas. Si Peña quiere hacer sociología del capitalismo contemporáneo, podría partir por referirse a los trabajos que debaten las tensiones entre capitalismo y democracia –Streeck, 2014Chang, 2015Klein, 2015Manson, 2016– y al creciente cuerpo de investigación empírica sobre las dinámicas del capitalismo, los mercados y el consumo desarrollada en Chile (Gárate, 2012Ossandón y Tironi, 2013Ariztía, 2012Undurraga, 2014Fairfield, 2015Araujo, 2016, entre muchos otros).

No es claro qué combinación de estas hipótesis explica el diagnóstico errado de Carlos Peña. Lo preocupante es que este problema del lente analítico y la lectura dicotómica del capitalismo (consumo versus derechos), en cierta manera, no es sólo de Peña. Existe un divorcio entre la intelectualidad pública productora de relatos y el trabajo académico de investigación que, muchas veces por su especialidad, resulta opaco para quienes ofrecen interpretaciones en los medios de comunicación.

Link: https://goo.gl/rjivHe

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